Ser parte de la Hermandad significa seguir reglas estrictas, y una de las más importantes es que los miembros nunca se entreguen al placer propio. Pero rompí esa regla. No pude evitarlo. El impulso era abrumador, y cedí a mis deseos. Cuando el Presidente me llamó a su oficina para abordar mi desobediencia, me invadió la vergüenza. Aun así, me aseguró que mi comportamiento desviado podía corregirse mediante una disciplina adecuada. Aceptar su castigo era mi deber, un paso necesario para convertirme en el misionero devoto que la Orden esperaba que fuera. Estaba listo para someterme completamente a él y a la Hermandad.
Obediencia. Resistencia. Devoción. Me aseguré de que presenciara cada una de estas virtudes en mí mientras me quitaba la ropa y reclamaba mi cuerpo como suyo. Arrodillándome ante él, me comprometí a permanecer allí hasta que estuviera completamente satisfecho y mis pecados hubieran sido lavados. Pertenezco a la Orden, y estaba decidido a demostrar mi lealtad a través de este acto de rendición. Cada toque, cada orden, cada momento de su autoridad sobre mí fue una lección que abracé de buen grado. Este era mi camino hacia la redención, y no volvería a fallarle.