Nunca pensé que chuparía una polla. Ni en un millón de años. Pero cuando mi mejor amigo terminó en la cárcel y necesitó fianza rápido, se me acabaron las opciones. Desesperado, le pedí ayuda a un desconocido, y aceptó… con una condición. Me invitó a su casa, me entregó el dinero y luego me dijo exactamente lo que quería a cambio: follarme hasta dejarme sin cerebro.
Nunca había estado con un hombre antes, pero mi amigo contaba conmigo. ¿Y honestamente? Ese tipo estaba buenísimo. Su polla ya estaba dura como una roca, palpitando justo frente a mí, y cuanto más la miraba, más ganas tenía de saborearla. Se me hizo la boca agua. Luego las preguntas empezaron a inundar mi cabeza: ¿cómo se sentiría su polla deslizándose dentro de mi culo? ¿Qué tan profundo podría llegar? ¿Me gustaría?
Antes de darme cuenta, dejé de pensar demasiado. Estaba a cuatro patas, siendo follado más fuerte de lo que jamás imaginé posible. Su polla gruesa me abrió, golpeando puntos que no sabía que existían. ¿Y lo más loco? Me encantó cada segundo. Cada embestida, cada gemido, cada gota de sudor. Resulta que estaba hecho para esto.