Elder Dior llega a la casa rústica de su vecino Jace en una visita misionera rutinaria, ansioso por compartir las enseñanzas del evangelio. Pero Jace, con un brillo travieso en los ojos, tiene otras intenciones para el ingenuo joven elder. Después de complacer cortésmente el sermón por un rato, Jace cambia la conversación con preguntas astutas sobre el juego, pillando a Elder Dior desprevenido. Aprovechando el momento, Jace propone una simple apuesta de cara o cruz: si el misionero gana, Jace escuchará atentamente el mensaje completo del evangelio; si Jace prevalece, Elder Dior debe obedecer cada una de sus órdenes. Arrojando la precaución —y sus votos— al viento, el inocente elder acepta la apuesta y pierde espectacularmente. Ahora, está al borde de descubrir que las tentaciones pecaminosas de Jace ofrecen emociones mucho más embriagadoras que cualquier doctrina eclesiástica, atrayéndolo a un mundo de placer prohibido y deseo inesperado.
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