Cada aprendiz eventualmente alcanza esa etapa peligrosa en su entrenamiento donde se instala la comodidad. Los rituales que una vez lo intimidaron ahora se sienten rutinarios, incluso bienvenidos. El orgullo comienza a colarse en su postura, su voz, su trabajo. Ese es precisamente el momento en que el ritual de la Expiación se desata sobre él.
La Expiación está diseñada para un solo propósito: hacer que fracase. Ese es todo el punto de la prueba. No importa cuán confiado se haya vuelto un aprendiz, no importa cuán hábil crea ser, todo hombre tiene su punto de quiebre. Todo hombre tiene límites, y todo hombre los alcanza. Y cuando lo hace, cuando ese fracaso finalmente surge, no puede quedar sin respuesta.
El fracaso debe ser castigado. Profundamente. A fondo. Sin misericordia y sin atajos. El aprendiz aprende, a través de la dura disciplina de la Expiación, que el orgullo es un lujo que aún no ha ganado, y que la humildad se talla en un hombre a través de la corrección. Aquí es donde se despoja la arrogancia, donde el aprendiz se ve obligado a confrontar la verdad de su propia imperfección, y donde su entrenamiento toma su giro más brutal y transformador.