Apolo y yo hemos sido amigos desde la infancia, nuestro vínculo se fortaleció al compartir un nombre inusual. Nuestra amistad floreció cuando descubrimos que vivíamos a solo unas cuadras de distancia, y se profundizó durante un viaje de campamento junto al río. Esa noche, mientras el trueno rugía y los relámpagos surcaban el cielo, nos acurrucamos en nuestros sacos de dormir, encontrando consuelo en la tormenta. En ese momento aislado, nuestros sentimientos no expresados emergieron, y un beso encendió una conexión que parecía inevitable.
esa noche marcó el comienzo de un profundo descubrimiento de amor e intimidad. Sin embargo, la vida nos llevó por caminos diferentes: me mudé por mi carrera, y Apolo formó una familia. Aunque nos mantuvimos en contacto, nuestro pasado compartido se convirtió en un recuerdo preciado.
Años después, regresé a nuestra ciudad natal y contacté a Apolo. Insistió en que me quedara con él y conociera a su hijo, Hugo Dupré. Sobre una copa de vino tarde en la noche, Apolo mencionó casualmente su relación íntima con Hugo, tomándome por sorpresa pero presentándolo como algo casi ordinario.
A la mañana siguiente, conocí a Hugo, un joven encantador que recordaba a su padre a esa edad. Mientras charlábamos en la cocina, Apolo sacó a relucir nuestro viaje de campamento, reavivando sentimientos que creía olvidados. La conexión entre nosotros era palpable, y Hugo notó el cambio, picada su curiosidad.
Apolo, notando mi deseo, guió a Hugo y a mí a un beso, llevando a un encuentro intenso. Con el aliento de Apolo, Hugo demostró sus habilidades, y me encontré atraído por su dinámica, experimentando una pasión que no había previsto. Las fronteras de nuestra amistad se difuminaron mientras explorábamos este nuevo territorio juntos.